Durante estas vacaciones de Semana Santa, escuché un sugerente anuncio de radio sobre un restaurante de la zona en que descansaba. Animado por ese anuncio y dado que estaba buscando un sitio donde ir a cenar, me animé a descubrirlo. Cuando acudí al mismo, acompañado de mi mujer y mis dos hijos, antes de entrar algo me dijo que no era el tipo de sitio que estaba buscando.

La calle estaba abarrotada de gente, y junto al restaurante había decenas de sitios de comida rápida, la terraza aunque no estaba sucia, si estaba vieja. Las sombrillas era cada una de un color y no armonizaban con las mesas y las sillas. Aun así, le quise conceder el beneficio de la duda y entré. Lamentablemente no me equivocaba. La iluminación era escasa y el local demasiado estrecho. Las mesas estaban muy juntas. La manteleria era de papel. Los camareros iban todos uniformados con un polo rojo, pero uno tenia un bordado otro lo llevaba descolorido, y un tercero tenia el cuello de distinto color que el resto. La cara de mi mujer me decía que ella tampoco parecía muy convencida.

Mientras terminabamos de decidir si aquel iba a ser el sitio adecuado en el que cenar con nuestros hijos, quisimos darnos algo mas de tiempo y nos pedimos un par de cañas. En lo que nos las servían intenté consultar la carta. Y me costó un rato. Primero tuve que conseguir una y no fue fácil.  Después tuve que descifrarla (los platos estaban ordenados por orden alfabético, no entre primeros y segundos, y para saber cuales eran unos y cuales otros, habia que pedir otra carta, ademas de la de los vinos, y la de los postres que también estaban por separado).

Finalmente decidimos darnos más tiempo y dar una vuelta por la zona a ver si encontrabamos otro restaurante mas acorde a nuestras expectativas. Un par de calles mas abajo, encontramos el sitio que estabamos buscando, y que respondia mejor al anuncio que habiamos escuchado. Cenamos allí y la experiencia fue muy agradable.

En realidad esta historia es ficticia, pero perfectamente creíble. Y seguro que no muy lejana a alguna de tus .propias experiencias. Tan solo pretendía ilustar con un ejemplo “real” la experiencia de muchos usuarios ante sitios web que dejan bastante que desear (experiencias en un mundo virtual pero que también son reales)

Sitios que a veces se alojan en servidores muy economicos pero muy saturados, con planes de hospedaje “estrechos”. Sitios web que no mantienen un diseño armónico y homogéneo entre sus distintas páginas. Que aunque sean nuevos distan mucho de ser buenos. Sitios web cuya apariencia no resulta desagradable pero  que tampoco nos generan confianza.

Sitios cuya estructura de contenidos resulta caótica,  donde los productos o servicios son difíciles de encontrar, y cuando llegas a ellos apenas se explica en qué consisten. En definitiva, sitios web que no están construidos bajo la perspectiva del usuatio o cliente final, sino bajo la perspectiva única del dueño o del director X (general, comercial, etc.)

Este tipo de sitios están condenados al fracaso. Da igual lo buena, precisa, sugerente, o atractiva que resulte su publicidad. Si no generan confianza, la publicidad no servirá de nada. Tan solo para incrementar las pérdidas y acelerar el batacazo. Así que si tienes una web y estás pensando en hacer publicidad (en Adwords,  Facebook,  prensa, radio, etc.), piénsatelo antes dos veces. Averigua si cubre las expectativas de tus clientes potenciales. Comprueba si tienes un buen diseño y un buen alojamiento, si es fácil de usar, y si favorece la conversión de visitas en clientes (o posibles clientes)

Convencete de que tu web es tu producto. Que ella sola y sin tu ayuda es la que tiene que ganarse la confianza de tus posibles clientes para que os envíen su consulta. Que tu competencia ya no es sólo el negocio de la esquina, sino el que sale junto a ti en los resultados (publicitarios o no) de los buscadores.

Convencete de que el mundo ha cambiado, y que “o cambias, o te cambian”.

Y tu web, ¿es una más? o ¿es la más?

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