Aviones de Papel y el emprendimiento precoz

Este artículo surge del cumplimiento de una promesa y del reconocimiento y orgullo de padre. Espero no ponerme demasiado sensiblero, y prometo no ser imparcial.

Aviones de papel es el primer proyecto emprendedor de mis dos hijos, Sergio y Javier, de 8 y 6 años de edad. Proyecto comandado por el mayor de ellos, que una buena tarde de un sábado cualquiera de julio, se presentó en el salón de casa y me dijo –Papá, voy a vender aviones de papel en el parque.

Mal que me pese, mi primera reacción fue pensar –Hijo, no se, ¿vender aviones de papel?…no lo veo claro — Afortunadamente el instinto de protección fue superado por un segundo de lucidez, y acerté a decir –-Muy bien hijo, ¡que gran idea!

Lo siguiente que me dijo Sergio –Papá voy a necesitar una mesa, unas hojas de papel y un tarro para las monedas — me agradó aún más que el impulso inicial, porque demostraba reflexión y planificación de recursos. Planificación en la que fracasan muchos proyectos empresariales, que confían demasiado en que la brillantez de su idea les llevará hacia el éxito sin más.

Aprovechando la coyuntura, le sugerí que además necesitaría un comercial que fuera recorriendo las mesas de nuestros vecinos vendiendo los aviones. Le pregunté –¿se te ocurre alguien?– al momento, me contesto con entusiasmo –¡¡Sí, mi hermanito Javier!!

LLegados a este punto, os pondré en antecedentes. Por un lado, Sergio, que tiene un gran corazón y es muy cariñoso, ha heredado el defecto paterno de su timidez, y le cuesta un mundo dirigirse a quien no conoce. Mientras que Javier, es de esos niños “salerosos” a los que todo el mundo – padres y niños de todas las edades – conoce por su nombre. Aunque solo lo hayan visto una vez (herencia materna) Además, en el “parque” de la urbanización donde vivimos, ya hay un grupo de niñas más mayores – de 10 a 12 años –  que algunas tardes se ponen a fabricar y vender pulseras. Por lo que, de inicio, podían contar con cierto nivel de competencia.

Volviendo a los preparativos, le dije a Sergio que, en lugar de un cuaderno, le iba a dar un taco de folios sueltos con los que poder fabricar su aviones de papel. Y su respuesta fue,— ¡¡Ah vale!!, entonces llevaré una piedra para que no se vuelen las hojas-. Otra magnífica muestra de planificación.

Enseguida lo tuvimos todo organizado: el taco de folios, la piedra, el tarro con algunas monedas (para dar cambio y para que “se viera” el éxito de las ventas) el director de producción (Sergio) y el director comercial (Javier). La mesa y la silla la cogeríamos en el propio parque.

Para incorporar valor añadido al producto, y cierta diferenciación, se nos ocurrió que podíamos pintar los aviones para personalizarlos. Al momento Sergio se dio cuenta que, además de las pinturas, necesitaría a alguien más para pintar los aviones. Y pensó – acertadamente – en su amiga Alejandra.

Entre los tres acordamos fijar un precio razonable para los aviones, de 0,30 euros cada uno. Con Javier trabajamos el argumento de ventas, y encontramos un eslongan con mucho gancho: ¿quieres comprar un magnífico avión de papel?, frase que repetía con la mejor de sus sonrisas, y su encanto natural, como si cada vez fuera la primera ocasión que lo decía.

Así que marchamos hacia el parque. Elegimos un buena ubicación, en una zona de paso, junto a la terraza del club social. Sergio y Javier instalaron su puesto de venta. Y Alejandra se unió encantada al proyecto.

Al principio los pedidos llegaban con cuentagotas, Pero pronto Javier empezó a venderlos de 3 en 3 y otros niños se unieron a la empresa. Aquí empezaron los primeros problemas, ya que los nuevos querían hacer las cosas a su manera. Empezaron a cambiar el precio de los aviones, se asignaron tareas que no les correspondían y se generó cierto descontrol. Lo normal cuando llegan nuevos socios a un proyecto, y no comparten objetivos ni la visión del negocio.

Además, para poner las cosas un poco más difíciles, las chicas que vendían pulseras llegaron a la hora de haber instalado el puesto de aviones, y empezaron a “robarles clientes”. Sergio vino a pedirme ayuda, y yo sólo pude decirle –no puedo hacer nada hijo, ellas también tienen derecho a vender sus productos. Eso se llama competencia.

Estuvieron cerca de hora y media fabricando y vendiendo aviones. Sacaron un pequeño bote que repartieron entre todos. De todas formas, el éxito verdadero fue vivir la experiencia de tener una idea, planificar su ejecución, ponerla en marcha y sobreponerse a las dificultades. Ahora mis hijos saben dos cosas: que son capaces de poner en marcha sus proyectos, y que nada es tan fácil como pueda parecer al principio.

Estoy muy orgulloso de mis dos pequeños emprendedores. Y estoy feliz de haberles apoyado en su iniciativa. Espero volver a estar a la altura de mis hijos cuando se presente una nueva ocasión de apoyarles. A menudo, somos los padres y familiares los que cercenamos el espíritu emprendedor por una mala entendida protección. Sin embargo, para protegerles hay que reforzarles.

Ellos son “como aviones de papel”, y debemos dejarles volar en lugar de cortarles las alas.

Por |2017-05-23T13:46:36+00:00agosto 26th, 2016|Gestión PYMES|Sin comentarios

Acerca del autor:

Consultor de marketing online y padre de familia. Me gusta ayudar a mi mujer a conseguir sus retos, a mis hijos a crecer como buenas personas, y a mis clientes a crecer en sus negocios. Si quieres transformar tu web en una web vendedora que capte nuevos clientes, canalice consultas comerciales y genere mayores ventas, yo puedo ayudarte.

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